“Las cañas iban y venían
desesperadas, agitando las manos.
Te avisaban la muerte,
la espalda rota y el disparo”.
(Elegía a Jesús Menéndez, de Nicolás Guillén)

El 22 de enero de 1948 la muerte acechaba al incorruptible líder obrero Jesús Menéndez Larrondo, de 36 años de edad y con un hermoso historial como defensor de los trabajadores cubanos, especialmente de los cortadores de caña y los asalariados de los ingenios.

En alguna oficina de Estados Unidos, o de Cuba, se había dictado la sentencia y después se escogería al sicario.

Ese día Menéndez, el “General de las Cañas” como lo llamaría luego su amigo el poeta Nicolás Guillén, compartió con el personal de los centrales Mabay (hoy Arquímides Colina) y Estrada Palma (Bartolomé Masó).

Invitado por Francisco “Paquito” Rosales, alcalde comunista de Manzanillo, se dirige a esta ciudad del oriente cubano y en Yara aborda el tren que lo llevaría hasta allí.

El sicario ya le sigue los pasos. Tiene los grados de capitán del ejército, se nombra Joaquín Casillas Lumpuy y busca ascender en la jerarquía militar a cualquier precio.

En el mismo coche del ferrocarril el uniformado increpa al dirigente obrero, miembro por el Partido Socialista Popular (comunista) a la Cámara de Representantes (parlamento) desde 1940, y líder de organizaciones sindicales.

Casillas le dice que lo llevará detenido a sabiendas de que no puede hacerlo, pues Menéndez goza de inmunidad parlamentaria.

Sereno, como las cañas al amanecer, y con la valentía de a quien le sobra la razón, Menéndez le contesta que no irá preso.

El tren llega a la estación de Manzanillo. Faltan unos minutos para las 8 y 30 de la noche.

Fuera de sí, Casillas vuelve a la carga. Intenta agarrarlo por uno de sus brazos y le dice que lo tiene que acompañar al cuartel. Menéndez no permite que lo sujete y le contesta con firmeza: \”Lo siento capitán, pero ya le dije que no puedo acompañarle\”.

Camina por el andén y desde la escalerilla del coche el asesino saca su arma de reglamento y mientras grita más que habla, vocifera: \”¡Te dije que ibas vivo o muerto, Menéndez!\” y le dispara por la espalda.

Tres balas impactan al recio sindicalista, pero una de ellas le atravesó el corazón y le produjo le muerta inmediata.

El luto se adueñó del lugar y fue extendiéndose por todo el país esa noche y en los días sucesivos. Había muerto un genuino y prestigioso representante de los obreros cubanos, que con su verbo y actuar intransigente y claro llevó adelante desde la línea sindical luchas importantes para los trabajadores y sus familias.

Entre las principales conquistas de su labor figuran el Diferencial Azucarero, la Cláusula de Garantía, la modesta elevación de los salarios y los niveles de vida de los obreros y campesinos vinculados a la agroindustria azucarera, el descanso retribuido, la creación de la Caja de Retiro y Asistencia Social para el sector, el pago de horas extras y la higienización de los bateyes.

Jesús Menéndez Larrondo había nacido el 14 de diciembre de 1911 en una finca cercana a Encrucijada, en la antigua provincia de Las Villas y hoy Villa Clara, lugar donde también vinieron al mundo los revolucionarios Abel, segundo jefe del asalto al cuartel Moncada el 26 de Julio de 1953, y su hermana, Haydée Santamaría Cuadrado.

Trabajador desde apenas un niño en los cortes de caña y en las vegas de tabaco de la zona, Menéndez se distinguió desde joven por su filiación comunista y su trabajo unitario entre los obreros azucareros, y con su honestidad a toda prueba escaló a la máxima dirigencia del movimiento sindical cubano.

Su sicario Casillas Lumpuy fue enjuiciado por el asesinato en Manzanillo y declarado culpable, pero poco después salió en libertad e incorporado de nuevo al ejército.

En enero de 1959, ya con los grados de coronel de las fuerza de la tiranía batistiana –conseguidos a costa de sus desmanes-, la justicia revolucionaria le hizo pagar con su vida por el crimen.

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