El General de las Cañas había tomado el micrófono en el mitin sin saber que había francotiradores esperándolo, pero la reacción del líder y de quienes se congregaron a su alrededor dejaría asombrados a muchos, incluida la prensa de la época.

Jesús Menéndez encabezó a los obreros del sector azucarero y logró la conquista del conocido «diferencial azucarero». Foto: Archivo de JR

Juan Morales Agüero
juan@juventudrebelde.cu
20 de Enero del 2017 23:13:51 CDT
Las Tunas.— En la tarde del 27 de agosto de 1947, un pequeño transporte ferroviario se detuvo junto a la entrada del ingenio azucarero Manatí. Un negro joven y sonriente, vestido con guayabera y pantalón blancos, echó pie a tierra y saludó con efusivos abrazos a quienes lo aguardaban. «¿Y ese quién es?», preguntó, curioso, el vigilante de guardia. Alguien a su lado le contestó. «Es Jesús Menéndez».

No era la primera visita del carismático líder a la factoría. Tampoco la primera vez que se identificaba con los problemas de sus obreros. Antes, en 1944, había alzado su voz en una asamblea nacional para denunciar a los patronos de la Manatí Sugar Company, quienes, violando las normas instituidas, se negaban a reconocer al sindicato del ingenio y a establecer con sus dirigentes los convenios colectivos de trabajo.

Así, meses más tarde, cuando ordenaron comenzar los cortes para la zafra de 1945, nadie en el batey se dio por enterado. Era el inicio de una huelga organizada por la dirección del gremio. La respuesta patronal no se hizo esperar: despidos y atropellos. Pero la unidad de los trabajadores prevaleció. Finalmente, a la compañía no le quedó otra opción que enviar a un emisario a La Habana a negociar con Jesús Menéndez.

Pocos días después, el General de las Cañas —como lo bautizó Nicolás Guillén— viajó hasta el ingenio Manatí a presidir la concreción de lo acordado en la capital. Ante una asamblea de trabajadores reunida en sus talleres, los representantes de la compañía rubricaron el convenio, en cuya letra se comprometían a legitimar el sindicato y a darle riguroso cumplimiento a la legislación vigente por entonces.

Dos años después, aquel 27 de agosto de 1947, Jesús Menéndez retornó a Manatí, en su itinerario por varios ingenios de la región. Sus anfitriones le habían preparado una tribuna frente al correo viejo. Estaban expectantes por escuchar a aquel hombre que decía las verdades directamente y sin miedo. Comenzó su encendida intervención ya de noche.

Llevaba unos minutos ante el micrófono cuando se escucharon los disparos. Procedían de la parte trasera de una de las chimeneas del ingenio y del antiguo hotel. A todas luces, se trataba de elementos mujalistas, desesperados por hacer fracasar el mitin y atemorizar a Jesús Menéndez, pero a los francotiradores los tiros les salieron por la culata.

Cuentan que al General de las Cañas no lo inmutaron los proyectiles. Sin perder la flema, extrajo una pistola y se dispuso a ripostar el ataque. No llegó a hacerlo, empero. En un rapto de valor, se dirigió de nuevo al micrófono y desafió a sus atacantes. Les dijo: «Las mujeres que están en este acto tienen más valor que los traidores que disparan desde la oscuridad». Luego continuó el mitin como si tal cosa.

La prensa de la época reseñó aquel suceso. Jesús Menéndez declararía al periódico Hoy, órgano oficial de los comunistas cubanos: «Luego de los disparos, los hombres y mujeres de Manatí, indignados, se lanzaron a rodear la tribuna, a protegerla con sus cuerpos proletarios y a gritar “¡asesinos! ¡asesinos!…”. Fue un espectáculo emocionante ver a aquel gentío levantar los puños en señal de aceptar el combate».

Al terminar el mitin, la Guardia Rural de Manatí le ofreció amparo, por su condición de representante a la Cámara del Congreso de la República. Jesús Menéndez la rechazó así: «Discúlpenme, señores, pero no la necesito. Tengo un ejército de trabajadores que me protege». Y con la misma se montó en el pequeño transporte ferroviario que lo había traído.

Poco menos de cinco meses después, el 22 de enero de 1948, cayó abatido por las balas de un sicario uniformado en la ciudad de Manzanillo. Su ejemplo de líder insobornable perdurará por siempre en el proletariado cubano.

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