El 25 de febrero de 1901 en el Senado de los Estados Unidos el congresista Orville Platt presentó una enmienda sobre las relaciones que habrían de existir entre esa nación y la Isla

Autor: Pedro Antonio García | internet@granma.cu
1 de marzo de 2017 21:03:21

Tomado de Cuba Cien años de Humor Político.
Foto: Archivo
La voladura del acorazado Maine, en plena rada habanera, le dio a Estados Unidos el pretexto para intervenir en la guerra del 95 y cumplir su tan soñado deseo de apoderarse de Cuba. Pero las suspicacias de ciertas potencias europeas le obligaron a mostrarse moderado y enmascarar sus propósitos con un manto humanitario. De ahí que en la Resolución Conjunta del 20 de abril de 1898, verdadera declaración de guerra a España, se afirmara hipócritamente «que el pueblo de la isla de Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente».

Incluso en el mencionado documento el doblez alcanzaba magnitudes mayúsculas: «los Estados Unidos por la presente declaran que no tienen deseo ni intención de ejercer soberanía, jurisdicción o dominio sobre dicha Isla, excepto para su pacificación, y afirman su determinación, cuando ésta se haya conseguido, de dejar el gobierno y dominio de la Isla a su pueblo».

Muy pronto se vio la diferencia entre lo dicho y lo hecho. En el Tratado de París (diciembre de 1898) se excluyó a los mambises de las negociaciones y en el texto del convenio, donde a la Mayor de las Antillas se le reducía a la categoría de botín de guerra, nada se hablaba de su independencia. Cuba fue tratada durante la ocupación estadounidense como un país enemigo ocupado. Pero cuando comprendió que la anexión de la Isla no era factible, dado el espíritu independentista de los cubanos, Washington apeló al neocolonialismo.

Para que dotara a la futura Cuba independiente de una Carta Magna se convocó a una Asamblea Constituyente. El 25 de febrero de 1901, cuatro días después de que este órgano en La Habana concluyera sus labores, en el Senado de los Estados Unidos el congresista Orville Platt presentó una enmienda sobre las relaciones que habrían de existir entre esa nación y la Isla. Entre otros acápites controvertidos, en este proyecto el imperio norteño se arrogaba el derecho a intervenir en el país antillano cada vez que lo estimara necesario. Además de que Cuba tenía que ceder parte de su territorio para que el vecino norteño construyera bases navales y carboneras.

Aprobado el documento injerencista por los senadores imperiales, la Cámara de Representantes estadounidense lo ratificó sin modificación alguna el primero de marzo y al siguiente día, el presidente Mc Kinley la sancionó como ley.

Veinticuatro horas más tarde, se le comunicó a la Asamblea Constituyente cubana que la Enmienda Platt tenía que ser incluida como apéndice de la Constitución de la futura república.

El país entró en un periodo de agitación extraordinaria. Las manifestaciones se sucedían unas a otras en todos los pueblos, en son de protesta contra la imposición de los Estados Unidos. En la propia Asamblea Constituyente arreciaron los debates entre los intransigentes, quienes se oponían a la injerencia, y los capituladores, quienes aceptaban el protectorado yanqui.

A unos y otros alertó el delegado Juan Gualberto Gómez: «Solo vivirán los gobiernos cubanos que cuenten con su apoyo y benevolencia (del gobierno de Estados Unidos); y lo más claro de esta situación sería que únicamente tendríamos gobiernos raquíticos y míseros, (…) condenados a vivir más atentos del beneplácito de los Poderes de la Unión que a servir y defender los intereses de Cuba».

Otro de los intransigentes, Salvador Cisneros Betancourt, clamaba: «con las dichosas relaciones propuestas, Cuba no tendrá su independencia absoluta; y desafío al más erudito diplomático que me diga qué clase de Gobierno tendrá, porque al aceptarlas, ni tendrá soberanía, ni independencia absoluta, ni será república, ni anexada, ni protegida, ni territorio de los Estados Unidos».

Por desgracia, estas voces no fueron escuchadas y el bando de los capituladores en la Asamblea Constituyente devino mayoría. El 12 de junio de 1901, de los 27 delegados asistentes a la sesión, 16 votaron por la aceptación de la Enmienda Platt.

El pueblo cubano había sido derrotado, pero no vencido. Prosiguió la lucha contra la Enmienda, encabezada por los pensadores más radicales de la época. Juan Gualberto, Cisneros Betancourt, Enrique José Varona y Enrique Collazo, entre otros, devinieron estandartes del antinjerencismo. Luego continuaron esa labor las nuevas generaciones (Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Antonio Guiteras).

El 29 de mayo de 1934, Washington comprendió lo obsoleto de este mecanismo de dominación y decidió sustituirlo por otros más eficaces que aseguraran la dependencia de la isla al vecino norteño. En cuanto a la Base Naval de Guantánamo, mantuvieron su ilegal ocupación incluso hasta hoy, a pesar de las continuas reclamaciones del pueblo cubano que demandan su devolución.

Anuncios