El entonces recién nombrado comandante del Ejército Rebelde, Raúl Castro Ruz salió de Pata de la Mesa, Sierra Maestra, el primero de marzo de 1958 hacia la Sierra Cristal, al frente de la Columna 8.
Era portador de la misión de abrir allí un nuevo frente de combate para ocupar cada vez más territorio y dividir la atención de las fuerzas de la tiranía.
Avanzando a pie por rutas plagadas de enemigos, marcharon las armas rebeldes hasta llegar el 11 de marzo a su destino final. Así se cumplía la orden del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.
Al territorio ocupado se le nombró II Frente Oriental Frank País en honor al inolvidable joven santiaguero caído en combate contra las fuerzas de la tiranía y ocupó cerca de 12 mil kilómetros cuadrados.
La organización, disciplina y contacto con la población montuna llevó al II Frente a ser un ejemplo. Por eso se le calificó como “un Estado dentro de otro Estado”.
Y no digo más, le dejo con la entrevista publicada en la revista Bohemia por la amiga Magali García Moré, el 11 de marzo de 1988, al hoy General de Ejército Raúl Castro Ruz, Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba y presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de la República de Cuba

Dentro de la estrategia general trazada por el Comandante en Jefe del Ejército Rebelde para la extensión de la guerra más allá de la Sierra Maestra, ¿qué misiones fundamentales, en general, se les asignaron a cada frente y columnas invasoras, no solo en el plano militar, sino político, y en especial cuáles les correspondieron a la Columna 6 “Frank País” y al Segundo Frente?
En otras ocasiones he dicho que una de las cosas que más he admirado de Fidel es esa capacidad de prever el futuro, y vuelvo a referirme a ello porque es realmente impresionante cómo ya desde fines de 1957 él tenía muy claramente definida la forma en que llevaría a cabo la extensión de la guerra revolucionaria fuera del territorio de la Sierra Maestra, aspecto que constituía uno de los pilares esenciales de su concepción estratégica, desde el punto de vista militar, para derrotar a la tiranía de Batista y alcanzar el triunfo de la Revolución.
Recuerdo que en aquel año 1957 en un lugar que se conoce como el balcón de La Habanita, tuvimos una larga conversación donde me explicó que tan pronto como el Frente de la Sierra Maestra estuviera consolidado crearía nuevas columnas y las enviaría a distintos lugares del país.
Mencionó en aquellos momentos la zona de la Sierra Cristal y el este de la Sierra Maestra en las cercanías de la Ciudad de Santiago de Cuba, pero lo que más me sorprendió fue cuando se refirió a que además, enviaría columnas a la región central del país e incluso a Pinar del Río. No me podía imaginar en ese instante cómo podría esto último hacerse realidad.
Fidel estaba convencido –como así fue—de que el Primer Frente sería la fragua en la que se forjarían los cuadros y los combatientes que progresivamente se irían desprendiendo de la columna madre, como la calificara el Che, para llevar la guerra a otros territorios, multiplicar el Ejército Rebelde para obligar al enemigo a dividirse y hacerlo así más débil y vulnerable.
Además de este objetivo esencial se perseguía unificar a los combatientes del Movimiento 26 de julio que se encontraban alzados, coordinar acciones con aquellos que pertenecieran a otras organizaciones, es decir, desde el punto de vista político, servir de factor aglutinador y unificador de las fuerzas que enfrentaban al régimen y aplicar en los nuevos territorios las leyes que se habían puesto en vigor en el Primer Frente.
De la Sierra Maestra salieron columnas para otras zonas de las provincias de Oriente, así como para Camagüey, Las Villas y Pinar del Río. Cada una de ellas tuvo, además de las generales, misiones específicas que cumplir según el lugar donde se le destinaba a operar. En el caso de la del Che, por citar un ejemplo, la Columna Invasora No.8 “Ciro Redondo” tenía como objetivo militar estratégico batir al enemigo en el territorio central del país e interceptar y paralizar los movimientos de las tropas del ejército por tierra de Occidente a Oriente.
La Columna 4, creada a mediados de 1957, bajo el mando del Che fue el primer desprendimiento. Después al querido compañero Almeida y a mi nos correspondió el honor de ser seleccionados por Fidel para mandar dos nuevas columnas: la 3 “Santiago de Cuba” y la 8 “Frank País”, respectivamente.
Una vez más nos tocaba cumplir simultáneamente misiones similares, pues cuando se organizó militarmente el destacamento expedicionario, poco antes del desembarco del Granma, fuimos designados jefes de pelotones, Almeida en el del centro y yo en el de la retaguardia. El de la vanguardia era comandado por el compañero José Smith Comas, asesinado después en Alegría de Pío.
El 27 de febrero, el Comandante en Jefe firmó las órdenes en que se nos ascendía al grado de Comandante y, además, juntos salimos con nuestras respectivas columnas de Pata de la Mesa, lugar en que radicaba la Comandancia del Che y a donde Fidel fue a despedirnos.
En nuestro caso, la misión consistía, según consta en la orden que emitió el Comandante en Jefe, en abrir un nuevo frente de guerra al noreste de la provincia de Oriente específicamente, en el territorio montañoso comprendido desde el Término Municipal de Mayarí al de Baracoa. Una vez allí nos encargó resistir y derrotar la ofensiva de verano del ejército de la tiranía y en el momento de la batalla final nos encomendó hacer rendir los enclaves enemigos ubicados en la zona comprendida entre Cueto, Mayarí, San Luis y Guantánamo.
A treinta años de aquellos hechos, podemos decir que las misiones que el Comandante en Jefe asignó al Segundo Frente Oriental “Frank País” fueron cumplidas. Ello requirió abnegación, valor e incluso el sacrificio de la vida de muchos de nuestros compañeros que generosamente la ofrendaron para hacer posible la victoria.
Se dice que la “ofensiva de verano de la tiranía” resultó uno de los momentos más dramáticos de toda la campaña en el Segundo Frente. ¿Puede usted referirse a ello, y que representó para los éxitos posteriores de las fuerzas rebeldes?
El momento en que tuvimos que enfrentar la ofensiva de verano resultó, sin dudas, uno de los más comprometidos, no solo para el Segundo Frente, sino en general para el Ejército Rebelde. Fidel, en cierta ocasión, dijo que de no haberse derrotado entonces aquella ofensiva, el curso de la guerra podía haberse dilatado.
Pero hay que señalar que fue ese también uno de los momentos en que el pensamiento militar de Fidel se manifestó con mayor brillantez. El intuyó con gran precisión, que la tiranía trataría de aprovecharse del revés que sufrió el movimiento revolucionario cuando la Huelga de Abril y de inmediato comenzó a tomar medidas para enfrentar aquel zarpazo. Cuando la dictadura nos suponía divididos en varios territorios, él ordenó la reagrupación estratégica e incluso mandó a buscar a Almeida y a Camilo, el primero ya en el territorio del III Frente “Mario Muñoz” y el segundo desarrollando su campaña en los llanos de Oriente.
Por otra parte, cuando el enemigo venía adiestrado y organizado en batallones de lucha antiguerrillera, sorpresivamente lo obligó a enfrentar, en lo fundamental, una guerra de posiciones que no esperaban. Así fracasó aquel plan que pretensiosamente la tiranía denominó FF –Fase Final o Fin de Fidel–, que fue en realidad una fase final, pero para la dictadura, pues como dijo el Che, el ejército de la tiranía salió de estos enfrentamientos con su espina dorsal rota.
En el caso del Segundo Frente, Fidel, como apunté antes, me ordenó defender el territorio donde nos habíamos establecido pues aun cuando el enemigo daría el golpe principal en la dirección del Primer Frente, también se preparaba una ofensiva, aun de menor envergadura, por nuestra zona.
Fue en realidad difícil pues estábamos casi recién llegados, con un nivel incipiente de organización y con una terrible escasez de parque que se había agravado aún más en aquellos días con motivo de los combates que libramos en apoyo a la huelga del 9 de abril.
Tuvimos que ser muy flexibles en el mando de las acciones que se desarrollaron entre mayo y junio de 1958 para poder enfrentar con éxito ese embate. En esos días tuvimos combates muy fuertes como fue, por ejemplo, la batalla de La Lima, que se libró en medio de torrenciales aguaceros y duró 3 días. La resistencia que allí presentamos en guerra de posiciones tuvo una importancia vital en el rechazo de la ofensiva enemiga en el Segundo Frente y aunque al principio no lo entendimos así, junto con las demás acciones libradas en los días próximos constituyó una gran victoria.
La combinación de la guerra de guerrillas con la de posiciones, los repliegues tácticos y un hostigamiento constante en la retaguardia nos permitió impedir que el enemigo lograra penetrar nuestro territorio en los intentos que realizó por diversos lugares y, en especial, preservar la zona donde teníamos la Comandancia y algunas instalaciones rudimentarias pero muy importantes para nosotros.
Ya en la segunda quincena de junio, el ejército se vio obligado a retirarse, derrotado al no poder lograr sus objetivos, y nosotros iniciamos, a partir de este momento, una nueva etapa de desarrollo. Consolidamos y ampliamos nuestro territorio y tuvimos en este periodo un incremento de hombres y de algunas armas, que nos permitió convertir las 5 compañías rebeldes con que iniciamos el enfrentamiento a la ofensiva, en 5 columnas. Desde entonces y hasta el final de la guerra, la iniciativa pasó a nuestras manos.
Ya en los meses finales de la guerra creamos una nueva columna, de modo que en diciembre de 1958 nuestro frente contaba con 6. La No.6 “Juan M. Ameijeiras”, al mando de Efigenio Ameijeiras que fue a su vez el Segundo Jefe del Frente; la “José Tey”, al mando de Belarmino Castilla; la 17 “Abel Santamaría”, cuyo jefe fue Antonio E. Luzón; la 18 “Ñico López”, mandada por Félix Pena; la 20 “Gustavo Fraga”, encabezada por Demetrio Montseny y la 16 “Enrique Hart”, que dirigía Carlos Iglesias.
El Segundo Frente se llegó a extender por unos 12 mil kilómetros cuadrados en las zonas rurales de los municipios de Mayarí, Sagua de Tánamo, Baracoa, Yateras, Guantánamo, Alto Songo y San Luis y al final también incorporamos Banes y Antilla. En todos esos lugares durante los 9 meses que duró la campaña hicimos ondear y mantuvimos en alto la bandera de Territorio Libre de Cuba.
¿Qué condiciones específicas contribuyeron al acelerado desarrollo del Segundo Frente Oriental y posibilitaron que en sus límites, toda representatividad y funciones del gobierno batistiano fueran sustituidas en breve plazo por las fuerzas del Ejército Rebelde bajo su mando?
La región que abarcó el Segundo Frente reunía una serie de características que coadyuvaron al mejor desenvolvimiento de la actividad revolucionaria del Ejército Rebelde. Es indudable que allí existían mejores condiciones en muchos aspectos que en la Sierra Maestra.
En los territorios bajo nuestro control o gran influencia había unos 18 centrales azucareros y feraces tierras en las que abundaban las plantaciones de caña, café, cacao y otros cultivos, así como un subsuelo rico en reservas minerales. Eran estas, en lo fundamental, sus principales riquezas económicas, por cierto, la mayoría de ellas en manos de los yanquis. La United Fruit –por citar un caso- poseía las mayores extensiones de tierras dedicadas a la caña.
Otro aspecto de vital importancia a considerar es que la población de ee territorio poseía fuertes tradiciones de lucha. Allí, por ejemplo, estaba enclavado el Realengo 18 donde, como es conocido, se dio aquella memorable batalla contra el desalojo que devino un valioso símbolo de la rebeldía del campesinado cubano, Además, desde Hatuey hasta Fidel, o sea a todo lo largo de nuestra historia, pocos territorios del país pueden contar tantos acontecimientos de rebeldía y lucha de todo tipo.
Todos esos factores, por supuesto, actuaron a favor de nuestro quehacer revolucionario más allá incluso de la actividad propiamente militar.
Desde nuestra llegada comenzamos a ocuparnos de numerosos problemas políticos y sociales y procedimos a organizar un aparato auxiliar de la Comandancia que se encargara de los asuntos relacionados con la administración civil.
Un paso importante en el proceso de organización del frente, especialmente en lo que se refiere a la administración civil tuvo lugar en el mes de octubre cuando dictamos la Orden Militar No. 49, que ponía en vigor la orgánica mediante la cuales establecía la denominación oficial del frente y su estructura militar y administrativa.
Esta Orden definía la existencia y funciones de siete departamentos: el de Guerra, que yo atendía directamente y estaba integrado por las 6 columnas y la Fuerza Aérea Rebelde y además, los departamentos de Justicia, Sanidad, Propaganda, Educación, Finanzas y Construcciones y Comunicaciones. Posteriormente se fundó el departamento Industrial.
También se habían creado dos direcciones intermedias: la de Personal e inspección y la interdepartamental, así como el Buró Agrario y el Buró Obrero.
En nuestro territorio se cobraron impuestos a los terratenientes, fueron dirimidos conflictos entre dueños y trabajadores, construidos caminos, se impartió justicia y hasta efectuamos matrimonios.
Creo que hay dos hechos que resultan muy ilustrativos del trabajo que pudimos desarrollar con la población que tuvieron una repercusión política importante. Uno es el Congreso Campesino en Armas, que se celebró el 21 de septiembre de 1958, y el otro el Congreso Obrero en Armas, que comenzó sus sesiones la tarde del 8 de diciembre de ese mismo año, momento en que nos encontrábamos además en medio de la Ofensiva Final del Ejército Rebelde que
culminó con el desplome total de la tiranía.
Hay que resaltar que logramos efectuar una labor muy útil y necesaria sobre todo porque al suplantar muy justamente a la autoridad del régimen en todo aquel territorio hicimos prevalecer una nueva autoridad, la que emanaba del poder revolucionario representado por el Ejército Rebelde que lo ejercía sobre la base de los más puros principios de la Revolución.
Cierto es que toda esta incipiente y rústica organización administrativa creada sobre la marcha, adolecía de muchas deficiencias a la que había que sumarle nuestra inexperiencia y juventud, pero visto a la distancia de casi treinta años, tal vez pudiera concretar que uno de los mayores obstáculos era que la dinámica de los acontecimientos se desarrollaba con tanta rapidez y el mismo proceso de la lucha hacía surgir nuevos problemas, que apenas empezábamos a desplegar cualquier esquema organizativo, a las pocas semanas ya quedaba obsoleto. No obstante, pienso que cada momento hicimos lo que correspondía de acuerdo a nuestras posibilidades, concentrándonos siempre en la cuestiones más importantes que muchas veces surgía simultáneamente y con las más disímiles características.
El hombre de la montaña tiene su idiosincrasia. Haberla conocido por parte de los jefes que usted comandó fue un elemento decisivo en la consecución de los objetivos que se propusieron. ¿Qué cambios sociales representó para la población de las montañas del norte y este de Oriente, la apertura y consolidación del Segundo Frente?
Considero que durante los 9 meses de estancia en el Segundo Frente, dentro de nuestras posibilidades, logramos mejorar las condiciones de la población que con nosotros compartía la vida difícil de la guerra en aquellas tierras, pero, a mi juicio, uno de los mayores beneficios que recibió la masa campesina en el aspecto social se debió a la meritoria labor que allí se desarrolló en lo referente a la salud y a la educación.
En el transcurso de unos meses se realizó un ingente esfuerzo que se tradujo en la reapertura de un cierto número de escuelas que ya existían pero que la tiranía había cerrado y en la creación, al mismo tiempo, de otras muchas, al punto que al finalizar la guerra contábamos ya con unos 400 maestros y una 450 escuelas.
La primera campaña de alfabetización que se llevó a cabo en esas zonas se realizó bajo la orientación y dirección de nuestro Departamento de Educación y tuvo un carácter masivo, de modo que abarcó tanto al Ejército Rebelde como a muchos hombres y mujeres que hasta entonces vivían dentro de la más profunda ignorancia. Este Departamento fue dirigido por la compañera Asela de los Santos, actual viceministra de Educación.
Los profesores rebeldes desempeñaron un papel de vital importancia no solo en lo que a la superación cultural de los combatientes y del campesinado se refiere sino, además, en ayudarlos a comprender con claridad el porqué de aquella lucha y de la necesidad urgente de un profundo cambio político, económico y social.
En no pocas ocasiones esos educadores, al igual que nuestros médicos, después de cumplir con sus obligaciones en la enseñanza o en la salud, marchaban a misiones de carácter militar. Fue un aleccionador ejemplo para
Los campesinos aquella imagen de futuro que representaba el maestro o médico combatiente, con el fusil en una mano y el libro o el botiquín en la otra.
Por otra parte, desde los mismos inicios del frente, el personal médico que atendía a la tropa extendió fundamentalmente sus servicios a la población campesina carente tradicionalmente de toda atención y que vivía en zonas donde proliferaban la desnutrición y las enfermedades endémicas. El índice de mortalidad era muy alto y tanto era así que , poco antes de nuestra llegada, en la zona de Mayarí Arriba habían muerto entre el 70 y el 80 % de los niños menores de un año, víctimas de una epidemia de gastroenteritis.
El Departamento de Sanidad no escatimó recursos materiales y humanos para atender la salud de la población civil que con plena confianza acudía a los hospitales rebeldes en busca de la asistencia médica ausente hasta ese momento en aquellos parajes.
Este Departamento estuvo integrado por unos 160 compañeros, entre ellos 19 médicos y 5 estomatólogos; también había farmacéuticos, técnicos de Rayos X y de laboratorio, estudiantes de medicina, enfermeros y auxiliares y llegamos a tener salas de operaciones, servicios de radiología, laboratorios, autoclaves, salas de transfusiones y clasificación de donantes, salas de ingreso y otros servicios e instalaciones. Al frente de este Departamento estuvo desde sus inicios el compañero José Ramón Machado Ventura, actual miembro del Buró Político y del Secretariado del Comité Central del Partido.
El prestigio que alcanzó la labor sanitaria y de educación que se desarrolló con la población civil fue un incentivo que acrecentó su decidida colaboración con el Ejército Rebelde y contribuyó de modo muy especial a enraizar el respeto que sentía por él. He considerado siempre que el conjunto de ese esfuerzo .constituyó, de hecho, un trabajo político y social masivo de inestimable valor que hizo sentir de un modo muy directo a los habitantes de aquellos territorios lo que representaría el triunfo de la Revolución.
Usted tenía una veintena de años cuando el Comandante en Jefe le confió la enorme responsabilidad de constituir el Segundo Frente Oriental, ¿confían hoy las fuerzas armadas misiones y tareas de tal envergadura a jóvenes oficiales?
En primer lugar para comprender las circunstancias en que se nos confió la alta responsabilidad de constituir un frente hay que ubicarse en la situación concreta en que se encontraba el proceso de la lucha revolucionaria y muy especialmente el Ejército Rebelde que solo contaba con unos pocos cientos de combatientes.
Cierto es que aunque jóvenes, algunos de nosotros ya teníamos determinadas experiencias y algún fogueo adquirido desde los primeros pasos en la clandestinidad, el Moncada, la prisión, el exilio, el Granma, y los quince meses de campaña en la Sierra Maestra. Cuando en la medianoche del 10 de marzo de 1958 realizábamos el cruce por los llanos orientales rumbo a las montañas de lo que sería el Segundo Frente, habían transcurrido exactamente seis años del golpe de estado de Batista. En el transcurso de ese tiempo algo habíamos aprendido, por ejemplo, durante el presidio estudiamos y leímos intensamente, en México seguimos preparándonos; pero en honor a la verdad, cuando al cabo de tanto tiempo miro hacia atrás, llego a la conclusión que ante la gigantesca tarea que teníamos por delante, sencillamente éramos unos “pichones” de dirigentes político-militares.
Pero el hecho es que éramos los únicos de que disponía Fidel en aquellas circunstancias concretas. Al Che y a Camilo los tenía previstos para otras misiones más difíciles e importantes todavía en la ocasión en que Almeida y yo fuimos seleccionados para ser jefes del Tercer y Segundo Frentes, respectivamente. Para ello pudo haber escogido a otros entre los que teníamos más o menos la misma edad y similares ex experiencias, pero lo que no podía hacer era ponerse a esperar pacientemente a que tuviéramos más madurez y más edad.
Estoy seguro que una gran cantidad de nuestros actuales jóvenes oficiales de las FAR, con la misma edad que teníamos entonces, de haberse encontrado en la Sierra Maestra en aquella situación concreta de principios de 1958, hubieran sido capaces de cumplir la misión que me asignaron incluso mucho mejor.
Desde hace ya algunos años, en las Fuerzas Armadas venimos realizando un sostenido esfuerzo a fin de llevar a cabo una política consecuente de promoción de compañeros jóvenes, capaces, de prestigio y autoridad. Hemos persistido y persistiremos en este empeño que es además de necesario, realizable, toda vez que las Fuerzas Armadas Revolucionarias cuentan hoy con una masa de jóvenes oficiales aguerridos, fogueados no solo en los polígonos de maniobra, y bien preparados.
Muchos dieron sus primeros pasos en las Escuelas Militares “Camilo Cienfuegos” y continuaron sus estudios en centros de enseñanza militar en nuestro país y en el extranjero, en general todos tienen buen nivel cultural y una sólida formación profesional, que los pone en condiciones de enfrentar con acierto las complejas misiones que plantea la vida militar.
Eso no significa en modo alguno, que desechemos el valor de la experiencia de quienes, no tan jóvenes, cuentan en su haber numerosos años dedicados al quehacer militar. Lo que perseguimos precisamente es fundir en nuestro cuerpo de oficiales la experiencia de los que se forjaron en el duro bregar que ha representado la lucha cotidiana en la construcción de las FAR con el ímpetu y la preparación de los que recién arriban a nuestras filas.
Creo que en este camino hemos avanzado, tal vez no todo lo que quisiéramos, pero lo hacemos con paso seguro y sin excesiva prisa para evitar bandazos generacionales.
Hoy día la juventud que se forja dentro de las Fuerzas Armadas, y me refiero tanto a los oficiales como a la gran fuerza que representan la masa de sargentos y soldados, cumplen importantes misiones no solo en el país, en aras de garantizar la defensa de la Patria y la Revolución, sino, también, en el cumplimiento, bajo el principio de absoluta voluntariedad, de importantes misiones internacionalistas. Hay que decir que tanto en un caso como en otro nos sentimos orgullosos de los ejemplos de voluntad, valor y espíritu de sacrificio que ha brindado nuestra heroica e indoblegable juventud.
Con anterioridad he expresado y reitero una vez más, que en ninguna otra actividad un joven asume tanta responsabilidad como la que adquiere en las FAR, cuando depositamos en sus manos la jefatura de un pelotón, de una compañía o de un batallón. Ello requiere de carácter, temple, espíritu de sacrificio y de superación constante, firmeza ideológica, disciplina, valor e intrepidez. Por eso también hemos dicho, que ser oficial de las FAR no es un modo de vida, sino un sentido de la vida…
Personalmente estoy convencido de la justeza de la política de abrir paso a los a los “pinos nuevos” en todas las esferas de la sociedad y tengo la absoluta certeza de que nuestros jóvenes oficiales, sargentos y soldados están y estarán a la altura del compromiso que entraña pertenecer a las Fuerzas Armadas Revolucionarias en este momento histórico y difícil de la construcción de una nueva sociedad.
A treinta años vista, ¿hubiera usted dirigido el Segundo Frente como entonces lo hizo? Con la experiencia actual, ¿qué otra cosa haría?
Hablando en broma podría decir que con la experiencia de “medio tiempo” que tengo ahora, no se sabe lo que hubiera hecho hace treinta años, aunque sin la fogosidad de los años mozos tal vez no lo hubiera hecho mejor. Pero dejemos las especulaciones y volvamos a la realidad.
Los revolucionarios nunca debemos sentirnos completamente satisfechos con lo realizado y nuestra permanente aspiración ha de ser avanzar hacia lo mejor. No obstante creo que si a grandes rasgos analizamos el contexto y las circunstancias históricas que se dieron en aquel momento y el resultado que se obtuvo en el cumplimiento de las misiones que se le asignaron al Segundo Frente Oriental “Frank País”, podríamos decir que, en lo esencial, se logró lo que todos soñábamos, lo que anhelaban los combatientes, lo que esperaban de nosotros el pueblo y Fidel.
Es decir, que a treinta años vistas, no dudo en afirmar que, en lo fundamental, volvería sobre los mismos pasos de entonces, como es natural, con algunas pequeñas correcciones.
¿Qué haría con la experiencia actual? Bueno, precisamente ella con elocuencia indica que es muy difícil, por no decir prácticamente imposible, que vuelvan a repetirse el conjunto de circunstancias en que se dio aquella lucha.
Creo que lo más útil no es tanto detenerse a pensar cómo mejorar el ayer sino qué debemos hacer hoy y emplear todo el caudal de conocimientos y experiencias que nos dejó aquella contienda con un renovado espíritu creador para que ese acervo pueda ser verdaderamente provechoso. La nueva doctrina militar, la concepción de la Guerra de Todo el Pueblo y el propio plan Turquino para el desarrollo integral de las montañas, son buenos ejemplos
Eso sí, mañana y siempre lo haría todo de nuevo con la misma pasión revolucionaria, con la misma fe en la victoria y en el pueblo. Con inclaudicable fidelidad a los principios y con eterna confianza a la guía de Fidel.
Finalmente pienso con satisfacción que en los escasos 9 meses que duró ese intenso proceso de nacimiento, desarrollo y victorias del Segundo Frente Oriental “Frank País”, nunca nos asustó ningún problema, nunca ningún obstáculo nos pudo detener.
Y aunque también hubo vacilantes, desertores y traidores, todo fue posible por el pueblo que tenemos y por todos los luchadores clandestinos y guerrilleros que apretaron filas en el glorioso Ejército Rebelde.
En el centro del territorio, en la base de la montaña Micara que les sirve de monumento, yacen los restos de los héroes caídos, y allí está ardiendo, en la llama eterna que los acompaña, toda la gloria de esta historia.

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