A 60 años del ataque al Palacio Presidencial y la Toma de Radio Reloj, el Comandante del Ejército Rebelde Julio García Olivera, miembro del ejecutivo fundador del Directorio Revolucionario, recuerda el suceso
Autor: Lissy Rodríguez Guerrero | internet@granma.cu
12 de marzo de 2017 21:03:57

Foto: Yander Zamora
Habían pasado algunos minutos de las tres de la tarde del 13 de marzo de 1957, cuando una caravana de autos comenzó a avanzar por las calles del Vedado capitalino, rumbo a Radio Reloj. Dos de ellos, el primero y el último, debían impedir el paso a la emisora de las patrullas de la tiranía batistiana; mientras el segundo transportaba a José Antonio Echeverría, presidente de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU).
Para el segundo al mando de la Jefatura de Acción del Directorio Revolucionario y fundador de esa organización, Julio García Olivera, quien se trasladaba en el vehículo de la retaguardia, hasta el momento el plan previsto corría sin mayores contratiempos. Con la responsabilidad de organizar la toma de Radio Reloj, a él correspondió, días antes, el análisis milimétrico del lugar.
Al contarlo, después de 60 años, pareciera que nada había escapado a la acuciosa investigación del también estudiante de Arquitectura: el reconocimiento del terreno, el estudio de la circulación del tránsito y cómo efectuar la entrada a la emisora, incluso el tiempo que demoraba en subir y bajar el ascensor, dónde se encontraba el control máster y el estudio, el tiempo que demoraría en llegar la policía del régimen… «Escogimos Radio Reloj porque era una estación que estaba al aire 24 horas al día —afirma— y además porque allí teníamos a dos o tres compañeros del Directorio Revolucionario».
Como estaba previsto, José Antonio entró a la cabina de transmisión y minutos después comenzó a escucharse la voz que, todavía hoy, le retumba en las entrañas a su tierra cada 13 de marzo: «Pueblo de Cuba… En estos momentos acaba de ser ajusticiado revolucionariamente el dictador Fulgencio Batista. En su propia madriguera del Palacio Presidencial, el pueblo de Cuba ha ido a ajustarle cuentas…».
De pronto, desde Televilla, una estación retransmisora, se interrumpe la alocución —cuenta el también Comandante del Ejército Rebelde, quien entonces tenía solo 26 años—. «Hubiéramos podido neutralizarla, pero hubo un fallo de información. No sabíamos que desde allí podían obstaculizarse nuestros planes».
Momentos antes de la acción, justo cuando en el camino a la emisora un semáforo en la calle 17 mostró su señal roja, el auto donde iba el segundo jefe de acción del Directorio rompe la línea vertical de la caravana y se estaciona al lado del vehículo que trasladaba al líder de la FEU. «Me miró y se sonrió. Veinte minutos después estaba muerto. Esa fue la última sonrisa de José Antonio, y también la última imagen que tengo de él».


Al ver interrumpida su alocución, José Antonio Echeverría sale de la emisora y se dispone a continuar el plan previsto, que consistía en seguir por M hasta Jovellar y buscar la entrada lateral de la Universidad, evadiendo llegar hasta la calle San Lázaro, pues constituía la vía usual de la policía del régimen.
A la altura de sus 86 años, García Olivera recuerda con lucidez aquel día y el terrible desencadenamiento de los sucesos. El primer carro decide continuar hasta San Lázaro, mientras el de la retaguardia, que en medio de las tensiones del momento había llegado hasta M y 23, se encuentra en el camino un camión de concreto que le impide el paso. «Cuando logramos pasar ya el vehículo de José Antonio, el único que siguió hasta Jovellar, se había perdido».
Sin embargo, todavía ajenos a los fulminantes acontecimientos «llegamos a la Plaza Cadenas, de la Universidad de La Habana, donde vemos llegar a Fructuoso Rodríguez, quien acompañaba en el auto a José Antonio, y en aras de no crear el pánico nos dice que este había sido herido y llevado al hospital Calixto García».
La defensa de la colina universitaria se imponía ante la incertidumbre de lo que podría suceder y García Olivera, luego de organizarla, se ubicó en la azotea de la Facultad de Física para impedir la entrada de algún auto hacia el hospital. Pasada aproximadamente una hora, Fructuoso Rodríguez le envía con insistencia varios mensajes para que bajara de allí, que él solo escucha cuando, sin más alternativa, Enrique Rodríguez, miembro del Directorio, le informa la fatal noticia: «A José Antonio lo mataron».
«Recuerdo que fuimos a la Plaza donde solo quedábamos cuatro personas. Caminamos hasta la salida lateral de la universidad. Ese tramo, que debe tener unos 80 metros, los sentí como si fueran 30 kilómetros».
Al salir de Radio Reloj «Manzanita», como le decían cariñosamente los amigos, había continuado como estaba previsto hasta la calle Jovellar, pero encontró un patrullero que arremetió contra él, y aunque tras varios disparos que impactaron en su cuerpo se incorporó para seguir combatiendo, una ráfaga de odio terminó con su vida.


Si bien es cierto que para derrocar la tiranía de Fulgencio Batista —propósito fundamental del levantamiento— el Palacio Presidencial constituía frente fundamental, García Olivera nunca dejó de reconocer la importancia política de que José Antonio convocara al pueblo a la Revolución. «Nos costó trabajo convencerlo de que era él quien tenía toda la autoridad para hacerlo, pues quería estar en el frente de combate, pero finalmente accedió».
La intención inicial era que un grupo entrara al Palacio, mientras otro comando de apoyo rodeara el edificio. Sin embargo, el refuerzo nunca llegó y las acciones se vieron frustradas. Ante la indefectible derrota, a José Machado, «Machadito», le correspondió ordenar la retirada. En tanto, ya los acontecimientos en Radio Reloj, que debían ocurrir de forma simultánea a los de la guarida del tirano, se habían adelantado.
En palabras de Faure Chomón, primer jefe de acción del Directorio Revolucionario, de José Antonio no haber perdido la vida, su presencia en Palacio «habría cambiado la situación. Su prestigio revolucionario habría convocado a todas las fuerzas dispersas por los alrededores, empujado a los indecisos o impulsándolos para rescatar el camión con las armas para la operación de apoyo. Hoy estaríamos recordando otra más grande batalla que la que dio aquel 13 de marzo».
No obstante, la historia demostró que el Testamento Político escrito por José Antonio era una proclama anticipada de la victoria: «Si caemos, que nuestra sangre señale el camino de la libertad. Porque, tenga o no nuestra acción el éxito que esperamos, la conmoción que originará nos hará adelantar en la senda del triunfo». Menos de 21 meses transcurrirían para derrocar la tiranía batistiana.
Hoy, a García Olivera le cuesta enajenarse del dolor. «La figura de José Antonio para sus compañeros del Directorio, y para muchas personas más, sigue siendo la del gran dirigente revolucionario, siempre con un carácter que atraía, simpático, cubano, decidido, valiente, un joven que siempre estaba haciendo chistes, pero a la vez tenía grandes valores».
Para él, hablar del 13 de Marzo significa referirse indefectiblemente a los antecedentes que propulsaron la creación y desarrollo del Directorio Revolucionario en octubre de 1955, entre ellos el Moncada, la lucha de José Antonio por la unidad de los sectores estudiantiles, la gran huelga nacional de los trabajadores azucareros que se extendería de un extremo a otro de la Isla…
El asalto al Palacio Presidencial y la Toma de Radio Reloj, asegura, trajo a la capital de la República la guerra revolucionaria iniciada por el Comandante en Jefe en la Sierra Maestra. Y mientras lo dice, se iluminan las huellas que rasgó la historia en su rostro de hombre imprescindible, de esos que fueron y seguirán siendo necesarios para el futuro de la Revolución.

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