El Partido creado por José Martí tenía la misión de organizar la guerra que hiciera posibles la independencia y el establecimiento de una república soberana

Autor: María Caridad Pacheco González* | internet@granma.cu

8 de abril de 2016 20:04:28
Martí, al centro, junto a otros miembros del Partido Revolucionario Cubano. Foto: Archivo

Cuando se constituyó el Comité Central del Partido Co­munista de Cuba en 1965, yo apenas comenzaba la adolescencia y no comprendía lo que podía significar este hecho para el futuro del país, pero sí recuerdo especialmente el impacto recibido con la lectura que hizo Fidel de la carta de despedida del Che antes de partir a una misión en África. La adopción de la denominación para la organización de vanguardia de la Re­volución y la presentación del primer Comité Central, marcaron un hito de madurez de una sociedad que por primera vez en el hemisferio occidental daba sus primeros pasos en la construcción del socialismo.

Es indiscutible que, al ponerse al frente del proceso revolucionario, el Partido Comunista de Cuba desempeñó un papel esencial en el logro de la unidad, sin la cual no había garantía de continuidad y permanencia de la Revolución. De este modo, el Partido surgió de la unión voluntaria de mujeres y hombres procedentes del Movimiento 26 de Julio, el Directorio Revo­lu­cio­nario 13 de Marzo y el Partido Socialista Popular, organizaciones que sostuvieron una postura firme de lucha frente a la dictadura de Batista y que se nutrieron del ideario y quehacer político-revolucionario de José Martí.

En un país donde históricamente la desunión fue la causa del fracaso de más de un proceso emancipatorio, quizá uno de los mayores aportes que nos legó el Partido Revolucionario Cubano (PRC), fruto de la tenaz lucha martiana frente a las tendencias contrarias a la independencia, tales como el anexionismo y el autonomismo, las contradicciones dentro de las filas revolucionarias, y la peligrosa expansión del imperialismo estadounidense; fue la unidad de los actores fundamentales en la lucha por la independencia y la construcción de una república en revolución.

Después de la proclamación del PRC el 10 de abril de 1892, José Martí escribía en el periódico Patria: “[…] el Partido Revolucionario Cubano, nacido con responsabilidades sumas en los instantes de descomposición del país, no surgió de la vehemencia pasajera, ni del deseo vociferador e incapaz, ni de la ambición temible, sino del empuje de un pueblo aleccionado, que por el mismo Partido proclama, antes de la república, su redención de los vicios que afean al nacer la vida republicana. Nació uno, de todas partes a la vez. Y erraría, de afuera o de adentro, quien lo creyese extinguible o deleznable. Lo que un grupo ambiciona, cae. Perdura, lo que un pueblo quiere. El Partido Revolucionario Cubano, es el pueblo cubano”. [1]

En la segunda mitad del siglo XIX ya era práctica habitual la creación de partidos políticos con el fin de participar en las contiendas electorales, pero el Partido Revolucionario Cubano de Martí no pretendía imitar a los que se disputaban el poder para continuar imponiendo un régimen de explotación, sino que en una sociedad como la cubana, tenía la misión de organizar la guerra que hiciera posibles la independencia y el establecimiento de una república soberana, “con todos y para el bien de todos”. Si observamos con detenimiento su obra, podemos hallar que fue Martí uno de los primeros críticos de los falsos manejos de la democracia electoral y un promotor creativo de nuevas y superiores formas de concebir el ejercicio de la política, en las que, según sus concepciones, debía imperar una am­plia democracia y un reconocimiento sincero de la soberanía de la instancia popular.

La creación de un partido político moderno y revolucionario solo podía brotar de un conocimiento real, con fundamento científico, del proceso social. En Martí hallamos a un dirigente dispuesto a conocer esa realidad en contacto permanente con las masas, porque su perspicacia política le hizo darse cuenta de que la efectividad de la acción revolucionaria exigía en todo momento la participación activa, creadora, del pueblo. De este convencimiento brota la urgencia de educar a los trabajadores y formar en estos los mejores valores. El dirigente que había expuesto: “sin razonable prosperidad, la vida, para el común de las gentes, es amarga; pero es un cáncer sin los goces del espíritu”[2], es el mismo que refiriéndose al papel del PRC dijo: “[…] el Partido no prepara por cierto una república donde la riqueza de los hombres sea la base de su derecho, y tenga más derecho el que tenga más riqueza, sino una república en que la base del derecho sea el cumplimiento del deber”. [3]

Ningún cubano de la época vio con tanta lucidez como él la dirección que estaban tomando los asuntos políticos a nivel global, y a ello contribuyó su interés por la historia, que en su caso tiene una vinculación operativa con la práctica política. De esa premisa emana su comprensión de que el PRC debía trabajar “por levantar una nación buena y sincera en un pueblo que ha­bría de parar, si se le acaba el honor, en provincia ruinosa de una nación estéril o factoría y pontón de un desdeñoso vecino”[4], y en consecuencia, la independencia de Cuba y Puerto Rico, no era solo el medio “de asegurar el bienestar decoroso del hombre libre en el trabajo justo a los habitantes de ambas islas, sino el suceso histórico indispensable para salvar la existencia amenazada de las Antillas libres, la independencia amenazada de la América libre, y la dignidad de la república norteamericana”. [5]

Por estas razones, el pensamiento martiano ofreció a la generación de Mella y a la del Centenario de Martí, que encabezó el joven Fidel Castro, los fundamentos del antimperialismo, la confianza en el poder de las ideas justas, la defensa de la patria y su soberanía, la tesis de las masas humildes como verdaderos jefes de las revoluciones, así como la unidad y solidaridad con los pueblos de nuestra América. Ello suponía la necesidad de conocer con profundidad las especificidades de nuestro devenir histórico para no asumir dogmáticamente la continuidad del legado martiano, sin someterlo a las nuevas interpretaciones que imponía cada época y coyuntura internacional.

Una somera mirada retrospectiva a la década de los 90 del siglo XX, nos obliga a recordar que aquella se inició con la caída sucesiva de los Estados socialistas de Europa del Este y las tensiones económicas, políticas, sociales, y sobre todo, ideológicas, que se fueron acrecentando progresivamente en Cuba a partir de estos acontecimientos. Sin embargo, fue también un momento de inflexión que derivó en un fortalecimiento político-ideológico de la Revolución, debido fundamentalmente a su coherencia ideológica, y a que por ser consecuencia del devenir histórico nacional, había seguido su propio camino y no tenía que renunciar a los objetivos primordiales en su proyección socialista, como única vía de preservar la existencia de la patria y la nación cubanas.

En circunstancias tan vertiginosas y dramáticas como las de aquellos años, se hacía necesario volver al fundamento mismo de la unidad de la nación cubana, que se resume brillantemente en Martí, lo que explica la resistencia del pueblo cubano; así como su empeño en sustentar la viabilidad de un proyecto alternativo en el continente y el resto del mundo subdesarrollado, frente a la creciente globalización neoliberal.

La reflexión en torno a la obra de José Martí y sus aportes desde y para el presente, están vigentes como elemento sustancial para comprender y analizar los problemas a los que nos enfrentamos hoy. Tiene sentido exacto, por tanto, que nos asomemos a hechos y procesos del pasado como un gran mirador, desde cuya realización pretérita se proyecta el porvenir. Es un hecho cierto que la asunción del marxismo y el leninismo en Cuba estuvo signada por la regularidad histórica de que todos los que asumieron esta orientación ideológica tuvieron en el pensamiento martiano la fuente inicial de su formación, lo cual les motivó a buscar en las nuevas corrientes avanzadas de pensamiento una teoría y un método capaces de fomentar el análisis y la transformación de la sociedad cubana.

El Partido Comunista de Cuba es, en el momento actual, depositario del poder político y garantía presente y futura de la pureza, continuidad y avance de la Revolución. Si en la etapa de lucha contra la dictadura de Batista y en los primeros años después del triunfo de la Revolución, hombres y mujeres que conformaban la dirección revolucionaria desempeñaron individualmente un rol decisivo, ese papel lo desempeña hoy el Partido, que ha mantenido vivo el legado patriótico y antimperialista del Partido Revolucionario Cubano fundado por José Martí, de nuestras tradiciones revolucionarias en la república neocolonial, y por ello ha sido y es el Partido de nuestras victorias, de la Patria, de nuestro futuro.

*Investigadora del Centro de Estudios Martianos

[1] José Martí. “El Partido Revolucionario Cubano”, Patria, Nueva York, 3 de abril de 1892. En: Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991, Tomo 1, p. 366

[2] Ob Cit, tomo 10, p. 63

[3] José Martí. “Comunicación a los presidentes de los clubs en el Cuerpo de Consejo de Key West”, Nueva York, 27 de de mayo de 1892. En: José Martí. Epistolario, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1993, Tomo 3 pp. 114-115.

[4] José Martí. “El Partido revolucionario Cubano”, Patria, Nueva York, 27 de mayo de 1893. En: Obras Completas, Ob Cit, Tomo 2, p.348-349.

[5] José Martí “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”. Patria, Nueva York, 17 de abril de 1894. En: Obras Completas Ob Cit, tomo 3, p. 143.

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